Momentos robados a la eternidad

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Quitando la escritura, donde se hace lo poco que se puede, la fotografía quizá sea la única actividad meridianamente “artística” (muchas comillas) que jamás he desarrollado. La fotografía es distinta. Otra cosa. Más aún desde que el formato digital hizo acto de aparición y se produjo la sinergia perfecta entre la informática y el arte de la instantáneas: muerte a los cuartos oscuros, vivan los lightroom! La fotografía digital, pese a que comparativamente aún queda relativamente lejos en ciertos aspectos del carrete fotoquímico, ha favorecido la posibilidad de hacer millones de fotos y tener un revelado simple sin necesidad de pagar carrete; sólo con mirar a la pantallita de marras es suficiente. Esto, que es un arma de doble filo, ha supuesto que hubiese un boom impresionante de newbies de la fotografía ávidos de sacar miles de fotos. El doble filo viene en el hecho de que si antes se trataba de un arte de profunda reflexión (medición, estudio de la luz, composición de la escena, consideración de los parámetros adecuados…) ahora, vale con apretar un botón y la cámara lo hace todo. Y si sale oscura, flash y a correr. O Raw, y ya lo miraré en casa sin necesidad de tener cuarto oscuro que valga.

Como en otras cosas, se ha perdido el romanticismo de lo que era una suerte de arte. Pero se ha ganado todo lo demás. Incluida la opción de tener la actitud de seguir considerándolo como tal, pese a que el carrete ya no venga incluido en la factura.

Y haciendo el esfuerzo de pensar en ello como un arte, una instantánea sugiere eternidad. La certeza de que el tiempo se fundió en el espacio dejando tras de sí algo más intenso que un recuerdo.

Pensad en ese álbum antiguo de vuestra infancia. Con vuestra familia, en esos lugares que sólo pisabais los veranos. Mirad vuestra cara cuando erais niños y los días eran eternos. Cuando el tiempo apenas transcurría.

Una fotografía puede ser un recuerdo exacto. Un acceso a un pasado no efímero. Algo que transmite sentimientos que también se traducen en olores, sonidos, sabores y sobre todo caricias.

Aquel sitio -tan lejos de casa- al que fuiste, aquella historia de amor repleta de atardeceres, aquella victoria en forma de graduación, aquel momento -sencillamente- irrepetible, aquella imagen imposible de ser percibida pero que tú lograste plasmar en una instantánea, el brillo de esa mirada que ya no sale con los ojos rojos, la sonrisa no forzada, el desenfoque de un retrato, dos miradas que alguien roba a traición.

La magia de una fotografía. Momentos robados a la eternidad.

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