Good morning, Crono!

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Salvando una etapa comprendida entre los 8 y los 15 años, nunca he sido lo que se llama un “gamer”. No obstante, siempre he tenido a los videojuegos más o menos medio en mente. Como una parte de mi infancia.

Mi primera consola fue una Game Boy ladrillo comprada en Andorra por mi 8 cumpleaños. Mi primera revista especializada (no había Internet como existe hoy) fue una Hobby Consolas que incluía un especial de nosecuantas páginas sobre un juego que, bajo mis ojos de niño, consideraba infinito, increíble, pura fantasía, puro misterio susceptible a una profunda exploración llena de aventuras: The Legend of Zelda, A Link to the Past. Justamente hoy pienso en los videojuegos como eso: Un enlace a mi pasado; una de esas vías que, muy de vez en cuando, te apetecen recuperar y recordar. Un recuerdo que surge desde el plano de la nostalgia, de ese momento en que éramos niños y las tardes, así como los días de vacaciones, pasaban lentos y repletos de experiencias.

En la actualidad a los videojuegos se les mira de otra forma respecto a como se miraban cuando yo sí era un gamer. Ha sido gracias, primero, a los sistemas de Playstation 1 y 2, que trajeron juegos más adultos así como la opción de emplear la consola para algo más que jugar (pelis de dvd, más que nada); y, segundo, al sistema Wii con sus “juegos casuales”, lo que ha supuesto que se origine un cambio eterno y sin vuelta atrás para el reino de los videojuegos: Hoy en día, un adulto que ronde los 40 puede entender un videojuego como un arte más; como el cine o la música. En este mismo sentido apunta su industria, que gasta millonadas y rentabiliza más pasta que Hollywood por cada juego vendido. Los videojuegos, cada vez más, y respaldada por “la generación Nintendo”, ha pasado a ser un sistema de entretenimiento que, de hecho, puede considerarse superior al cine o la música: la historia te la cuentan igual, pero la aventura la vives tú. En cuanto a la música, cada vez es más común que haya grandes compositores musicales detrás de obras interactivas; a veces, incluso, se trata de gente con grandes sueldos y cuyo talento se centra, exclusivamente, a la compañía de turno, como Nobuo Uematsu.

Cuando las cosas se dan así, es mucho más fácil reencontrar ese vínculo al pasado. No hace mucho –sin que sirva de precedente, pues ando bastante entretenido con lo mío- he vuelto a jugar a un videojuego increíble, a mis ojos: el ejemplo perfecto de algo que roza lo inmejorable superando sus limitaciones, y que es capaz de llegarte, incluso, a emocionar por momentos. El juego se llama Chrono Trigger y fue lanzado, inicialmente, en Japón y Estados Unidos para la Super Nintendo. Junto a dos o tres títulos más, considero que es uno de esos juegos que fueron capaces de crear escuela, yendo un poquito más allá que los demás, y haciendo entender a este negocio, no como el entretenimiento, sino como algo susceptible a entenderlo como un nuevo arte. Una nueva maravilla, en este caso, audiovisual.

Es increíble la sensación de disfrutar plenamente de algo que una década antes, siendo niño, te dio tantas satisfacciones. Eso, que es volver a la niñez como si el tiempo no hubiese trascurrido, es pura magia.

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