La soledad del corredor de fondo

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Pudiera sonar contradictorio. Pero a veces, en determinadas ocasiones, no me quedan fuerzas para hacer nada más, a no ser que se trate de salir a correr. Diez kilómetros, al menos. Y un poco más, hasta la siguiente farola, por si resulta que el circuito está mal medido.

La soledad del corredor de fondo es la del que escogería todos los lugares y ninguno si le diesen a elegir un paraje ideal para la reflexión.

Nadie interrumpe al corredor de fondo. Él observa de soslayo el mundo que encuentra mientras se sumerge en pensamientos que se suceden sin parar.

Pensamientos absurdos, a veces. Momentos de sufrimiento que se deslizan a través de una avalancha de retroalimentación negativa. Pero entonces crees en ti y resistes hasta que llega un pensamiento amable. Algo que te salva y te recuerda lo grande que es. Lo pequeños que somos. Lo poco que necesitamos.

Y pasan los kilómetros y, a veces, crees que nada te podría detener. Que podrías estar corriendo y resistiendo sin problemas. Que ni el muro que acabó matando a Philippides, de aquel duro kilómetro 30, podría tumbarte.

El mundo se mueve más lento. Las pulsaciones se estabilizan. Sientes la importancia del aire que respiras. La importancia de dejarlo escapar. El anhelo de querer recuperarlo.

Y en mitad de la soledad, algo te devuelve al mundo real. Algo en forma de una terrible punzada en la rodilla.

A lo mejor tienes suerte; estabas en una maratón y una voz te pide que no pares ahora. Alguien que, al comprobar tu desazón por aquello que te ha hecho despertar, te anima diciéndote que ya verás que te pondrás bien y te recuperarás. Alguien de quien en seguida olvidas su cara, pero jamás esa nana de optimismo y fuerza con la que vuelves a caer en un sueño progresivo. En un regreso a la soledad en la que sueñas despierto que hablas con el niño que lo preparó todo, con tanta ilusión y cuidado, la noche anterior:

La rodilla está fría; ya se calentará.

Así que vamos, chaval, tú tranquilo… Poco a poco y todo irá bien.

¿Ves que no era para tanto?

La soledad del corredor de fondo es la del hombre terriblemente simple y mediocre en comparación a toda la complejidad y todas las cosas que sería capaz de lograr. Aquella soledad de quien está convencido de que si mira dentro, en su interior, quizá no encuentra mucho más.

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