Ciento ochenta minutos

*

*

No hay nadie alrededor. Ningún sonido excepto la incesante lluvia. Relámpagos en mitad de nuestro momento inmaterial.

Imaginado, onírico, perfecto…

Tu frente en mi barbilla. Mis dedos jugando con tu pelo, que se precipita sobre mi pecho. Mis manos, grandes y, habitualmente, cálidas, tranquilizan a las tuyas. A tu corazón le va dando tiempo para sincronizarse con el mío.

Y, mientras, respiramos el mismo aire.

Sólo respirar…

Como una nana, van sonando las tres canciones de Spotify que me habías preparado. Y suenan sin publicidad. Como si alguien se hubiese dejado por error y bajo una casualidad imposible una cuenta premium.

Y vamos aprovechando este momento mágico, en que los recuerdos se hacen débiles. Imprecisos.

Casi parece que no existe ese pasado que forma parte del deseo por olvidarlo todo para siempre.

Olvidar…

¿Ciento ochenta minutos para generar nuevos recuerdos?

Ni me preocupo por ello.

No pensar…

Que la grisácea claridad de una tarde de Noviembre lo invada todo.

*

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