La falta de comunicación

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He visto unas tres veces Babel, la película de Alejandro González Iñárritu. Y, escuchando esta melodía

…pienso que podría ser perfectamente eterna. Desearía que ese piano y esos violines no acabasen nunca. Me quedaría con lo que para mí destilan: Escucharnos, o tratar de entendernos, un poco más. Sueños románticos. La piel de gallina. Lágrimas en los ojos.

Veo en la televisión del bar japonés a Brad Pitt tras haberse reconciliado de corazón con su mujer, que ha sufrido dos traumas. La reconciliación. Catarsis. Aquello tan dado a huir de la tiranía de las palabras. Correspondencia de las miradas.

Veo al inspector bebiendo sake mientras da la espalda al televisor. Reflexivo por sus propias movidas. Ensimismado por lo que presencia en su día a día.

Termina la película con ese abrazo, también sin palabras, en lo más alto de un rascacielos casi babilónico. El abrazo de un padre a su hija, una niña tartamuda y tarada.

Y me admiro, finalmente, con la simbología de esa hija problemática que anhela estrechar la mano de su padre. Me admiro por elevar a la máxima potencia la necesidad por querer comunicarnos. Por no perder lo que los dioses nos quitaron en la cúspide de la Torre de Babel.

Y que no haya banderas, ni himnos. Me admiro con ese lenguaje común que se deja llevar por un sueño imposible, aunque sólo esté acotado por un ínfimo momento en medio de toda la eternidad. Ni pasado ni futuro: Una única gota de agua en medio de la tempestad.

Es en la comunicación (en su carencia, en su necesidad) donde veo que existen más puntos en común por formar naciones, banderas, territorios, himnos, símbolos. Veo en la necesidad de decir con palabras vacías -“esto es mío, esto es tuyo”- donde nace la querencia por crear vínculos comunes: Países que protejan algo que los integrantes sientan como identificable.

Todo lo demás, empezando por los problemas ajenos que se escapan de aquello que “es nuestro” creo que, o nos da un poco de miedo o nos genera el peor de los rechazos después del odio: la indiferencia.

Raíces, en definitiva, de las peores tinieblas del alma.

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