El fin de la Princesa Tenebrosa

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Bella durmiente moderna y criatura de las tinieblas con piel de alabastro, en un todo. La Princesa Tenebrosa dilapidó su tiempo por una causa, se saltó todos los semáforos de las calles del recuerdo y, profundamente decepcionada, se echó a dormir, marchitándose lentamente. A la espera de un milagro.

Enclaustrada bajo pináculos puntiagudos, en la segunda torre más alta de Fantasía, dentro del país más mórbido del mundo del imaginario. La soberana de la ciudad de los espectros —tierra de miserables, de torres arqueadas y de ambiente desabrido— ya podía distinguir la Nada, a lo lejos.

La Nada. Esa desidia que destruye la lucidez, los deseos y la imaginación, transformándolos en mentiras. Aquello que, al mirar, genera la sensación de quedarte ciego no siendo capaz de ver, ni de desear, ni de querer otra cosa salvo dejarte llevar. Dejar pasar el tiempo, lentamente, hasta que llega, acabando con todo.

Pero no siempre fue así. En otro tiempo bregaba con todas sus fuerzas buscando la redención. No entendía por qué, ni cómo, había llegado a la situación en que estaba, y jamás se daría por vencida. Menos aún portando el recuerdo de aquello por lo que hubo apostado TODO.

Aquello… Lo que antes le ayudaba a despertar cada mañana. Lo que habría valido de argumento para soportar tanto miedo y soledad. Su única aspiración y consuelo, aún.

Un escalofrío recorría su espalda al sentir que ya le pisaba los talones, asediando toda esperanza que pudiese atesorar. Fue el instante en que la Princesa, cansada de ser Princesa, asumió su destino entregando una vida consumida en la ilusiónMinada en lúgubres mentiras que, negro sobre blanco, la Nada transcribió en literatura…

Algo que aún buscaría redimirse, entre las páginas de un blog y los ecos de una canción.

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Jamás llegará a los treinta

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—Yo tendría cuidado con los paseos nocturnos… Exponen a malos encuentros. A consecuencias.

Ricardo Maraña le mira los ojos con manifiesta pereza. Al cabo asiente levemente, por dos veces, y echándose un poco atrás en la silla levanta el faldón izquierdo de su chaqueta. Reluce allí el latón en la culata de madera barnizada de una pistola corta de marina.

—Desde que se inventó esto, las consecuencias van en dos direcciones.

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El Asedio (Arturo Pérez-Reverte)

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Si hay un personaje secundario dentro de El Asedio (Alfaguara, 2010) que merezca la pena destacar, ése es Ricardo Maraña (Málaga, 1792). 

“El Marquesito”, denominado así por sus modales y aspectos distinguidos (distinguido no es sinónimo de pijo, por cierto) es un segundón de familia bien, aquejado por el último grado de una enfermedad mortal e irreversible.

Arturo Pérez-Reverte, que necesitará algo más de cien páginas para presentarlo en su obra más ambiciosa contando al día de hoy, lo relata remarcando que es “de la clase de hombres que queman una vela por sus dos extremos”.

Ostensible cojera tras un incidente sufrido en Trafalgar y expulsado del servicio militar tras herir a un compañero de promoción; Ricardo Maraña ejerce la “piratería legal” bajo patente de corso, siendo el segundo al mando de una rápida balandra de ocho cañones llamada Culebra.

Hombre parco en palabras, el corsario. Cruel y taimado como pocos, lapida la esperanza por su vida tras el manto de una estudiadísima indiferencia. La de aquel a quien las circunstancias lo han convertido en un prematuro héroe cansado.

Heredero de Aquiles y no de Ulises; valiente hasta  acaparar el grado de una insultante temeridad y seguridad en sí mismo. Su futuro, que es la Nada, no dejará cuentas de una vida que se cobra por anticipado, y sí un corazón roto en Puerto de Santa María, así como un poco más de abandono para aquél que fue su capitán y amigo, José Lobo.

Chulo, insolente y despreocupado, en setecientas páginas no le veréis mostrar inquietud ni ante el asedio francés, ni ante la “oscura carrera contra el tiempo” que a él le asedia más que a nadie. 

Y es que, con todo, el marquesito ostenta en su máxima categoría aquel código de Honor que establece que se ha de aceptar el destino, sea el que sea, con dignidad y valor.

Esas dos palabras.

El Legado de Noys Lambent

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Quisiera recomendar la lectura de El Fin de la Eternidad, de Isaac Asimov, de la que opino que es una novela redonda por muchos motivos.

Podría hablar del suspense. De los giros argumentales. De la credibilidad de Asimov respecto a cómo plantea la Ciencia Ficción. Su virtud por mostrar retales de varios mundos futuros perfectamente estructurados y funcionales, aún empleando la información justa. De lo bien que resuelve el manido tema de los viajes en el tiempo y sus paradojas temporales. Del increíble recurso narrativo que sabe sacar de la manga —excepcional y que pone la piel de gallina— inspirado en encontrar una vieja revista de la que, aparentemente, habría un llamativo anacronismo…

Pero no. 

Omitiré deliberadamente todos esos detalles para profundizar en la personalidad de Noys Lambent, quien me parece el mejor personaje femenino —con permiso de Milady de Winter, femme fatale y palabras mayores— que he leído jamás. Una súper fémina hasta el punto de decir que estoy platónicamente enamorado de un papel de tinta electrónica.

Adoro lo extremadamente rara, misteriosa e impredecible que es. Lo culta e inteligente, aunque sea perfectamente sabedora de hacerse la estúpida. De parecer una simplona.

Mujer de pocas palabras. De aparente candidez en extraña mezcolanza con una lucidez real. Me encanta que tenga ese punto de manipuladora.  Su forma de seducir y obnubilar a un hombre —que desearía aborrecerla— gracias a lo femenina y cariñosa que sabe ser, así como por lo claras que tiene las ideas.

Al mismo tiempo, por las descripciones que proporciona Asimov, siento que sería perfectamente capaz de percibir su maravillosa sonrisa, a la que sólo podía acompañar —inimaginable otra opción— por unos preciosos ojos, grandes y luminosos

Del tipo de sonrisas que, dedicadas a cualquier hombre, simple y mortal, generaría la sensación de nostalgia por intuir que sólo será un instante, y el impacto del olvido respecto a cualquier problema que exista sobre la faz de la Tierra; presente, pasado o futuro.

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Soy consciente que centrarse en un solo personaje para hablar de un libro es irse por lo cerros de Úbeda, más aún cuando ni siquiera es la protagonista principal. Pero que “El Fin de la Eternidad” sea de las mejores historias que he tenido el placer de leer sospecho que se debe expresamente a ella.

Noys alcanza la cota de lo sublime cuando reflexiona sobre la importancia que implica “permitir los fracasos de la Realidad”, y cómo ésta sería la clave que nos hace crecer como especie. Enlazado a esto, El Fin de la Eternidad plantea una interrogante que quizás nos hagamos dentro de quinientos siglos: ¿el Hombre deberá centrar sus esfuerzos e investigación en el dominio de los tiempos o en el dominio de los espacios?

Que este libro sea considerado el “capítulo cero” de la llamada Saga de la Fundación, centrada en la Historia sobre la conquista del Universo, nos proporciona una pista sobre la apuesta del señor Asimov, así como la luz que para él llevaría implícita las palabras de Noys Lambent. 

Lambent… “Que brilla con luz tenue”, en inglés.

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Photo: BigBoyDenis