Proyecto UMA

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Tres historias y tres versiones -la de una heroína, la de un héroe cansado y la de un antihéroe- respecto a un tótem que representa los valores más inquebrantables de la naturaleza más desconocida, y que se vale de la belleza y la presencia de las montañas como lanzadera y ascensión simbólica a dichos ideales.

Cuento de temática juvenil inspirado, a modo de FanFiction, por el viejo videojuego de SquareSoft, “Final Fantasy VI”:

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PD: Si lo lees y quieres comentar algo, sé despiadado.

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Dibujo: Maxime Viventi

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Ephemera

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—Sí, eso es —rió Brissenden—. Buen título, ¿no? Efímero; ésa es la palabra. Y tú eres el responsable, por darle tal calificativo al hombre que siempre está en pie, a lo inorgánico vitalizado, al último efímero, a esa criatura de la temperatura, que pugna por conquistar un breve espacio. Se me metió en la cabeza y tuve que escribir para librarme de ella. Dime lo que te parece.

 
Conforme leía, el rostro de Martin se encendió en un principio, para, luego, palidecer impresionado. Se trataba de arte puro. La forma triunfaba sobre el tema, si es que podía llamarse triunfo a que éste hallara manera de expresar hasta su más leve átomo por medio de una construcción tan perfecta, que hizo que a Martin le diese vueltas la cabeza, le saltaran las lágrimas y le entrasen escalofríos. Se trataba de un largo poema, de seis o setecientos versos, que resultaba inimaginable. No parecía posible realizarlo, y, sin embargo, allí estaba, con tinta negra sobre unas cuartillas de papel. Trataba del hombre y de sus angustias, explorando los abismos en busca de soles remotos y de un arco iris espectral. Era una loca orgía de imaginación, que se alzaba en el cráneo de un moribundo, que casi lloraba en silencio escuchando los latidos de su corazón. El poema estaba escrito en un ritmo majestuoso, al frío tumulto del conflicto interestelar, ante la llegada de las huestes de otros planetas, bajo la influencia de helados soles y de ardientes nebulosas, que danzaban en el negro vacío. En medio de todo ello, batía, incesante y débil, cual una lanzadera de plata, la trémula y frágil voz del hombre, semejante a un quejumbroso vagido entre el aullar de los astros y el chocar de los sistemas.
 
—No hay nada igual en literatura —dijo Martin cuando, al fin, pudo hablar—. Es extraordinario. Se me ha subido a la cabeza. Me siento como embriagado. Casi me impide pensar. Esa voz humana, eterna, llena de angustia y de miedo, sigue resonando en mis oídos. Semeja la marcha fúnebre de un gran mosquito entre el estruendoso barritar de los elefantes y el rugir de los leones. Resulta insaciable, con un deseo microscópico. Sé que me estoy poniendo en ridículo, pero ha llegado a obsesionarme. Eres… no sé lo que eres… Eres extraordinario. ¿Cómo lo consigues? ¿Cómo lo consigues? ¿Cómo lo consigues?
Martin interrumpió su rapsodia, para continuar luego.
 
—No volveré a escribir. No soy más que barro. Me has mostrado la obra del verdadero artesano y artífice. ¡Genio! Eso es más que genial. Trasciende más allá del genio. Es la verdad loca. Es cierto cada uno de sus versos. La ciencia no puede mentir. Es la verdad adivinada por un vidente y extraída del negro metal del cosmos, para convertirla, con un sonido rítmico, en una perfección de belleza y de esplendor. Pero ya no diré nada más. Estoy abrumado. Sólo una cosa. Deja que intente venderlo en tu nombre.
 
Brissenden sonrió.
 
—No existe una sola revista en toda la Cristiandad que se atreviese a publicarlo. Lo sabes muy bien.
—No sé nada en absoluto —le exhortó Martin—. Creo, por el contrario, que no hay una sola revista en toda la Cristiandad que no lo aceptara en seguida. No reciben cosas como ésta a diario. No se trata del poema del año. Es el poema del siglo. Los directores de revista no son totalmente fatuos. Lo sé. Pero te voy a hacer una apuesta. Nos jugamos lo que quieras a que Efímero la aceptan al primer o al segundo intento.
—Sólo una cosa me impide aceptarlo. —Brissenden esperó un instante—. Eso es lo mejor que he hecho en toda mi vida. Lo sé. Es mi canto del cisne. Me siento muy orgulloso. Casi lo adoro. Es mejor que el whisky. Es cuanto soñaba, la obra grandiosa y perfecta, cuando no era más que un muchacho, con dulces ilusiones e ideales limpios. Al fin lo he conseguido, con mi último aliento, y no quiero que lo manoseen y lo ensucien una serie de cerdos. No, no acepto tu proposición.
 

El Cine y Quemado por el Sol

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El otro día vi Quemado por el Sol.

A quien me la recomendó -junto con Camino– hará un par de años le tengo por alguien con verdadero criterio de cine de calidad. Capaz, seguramente, de apreciar detalles que yo a priori no advertiría.

Eso, en mi opinión, te lo da dos cosas: Haber visto mucho cine (de muchos lugares y tiempos) y tener cultura, gracias a la cual obtienes las herramientas con las que hacer criba para que no te sea complicado desmarcarte y despreciar aquello que un fulano decide que le debe gustar a todo el mundo, metido habitualmente con calzador bajo una inmensa campaña publicitaria. 

La actitud también tiene su culpa. El entretenimiento, como tal y ya está, tiene un tempo diferente al de la contemplación. Y empleo esa palabra, contemplación, porque estoy convencido que para aquel que considera el cine como algo más, para quien es cinéfilo de verdad, para quien siente que una producción cinematográfica puede llegar a subyugar; para ése, ver cine es lo más parecido a apreciar un arte, lo cual significa, de pleno, tomar distancia, no tener prisa o no esperar -necesariamente- nada a cambio. Palabras diferentes y enfrentadas a la mera consumición de un producto de entretenimiento.

Partiendo de esos principios, supongo que con el tiempo se va adquiriendo una sensibilidad especial que, sin duda, yo no tengo. Sería, salvando las distancias, como la percepción de quien entra en un museo y tiene esa precisión con la que sabe distinguir entre un cuadro verdaderamente bueno del que no lo es tanto.

Y así me encuentro, precisamente, unos días después de haber visto esta película: Como quien observa ese cuadro del que se intuye que tiene algo que lo hace diferente de otros, pero que honestamente no entraría a tratar de dilucidar realmente qué es (quizá por ello nunca me las daría de crítico). Simplemente lo miras y dices “ey, no está nada mal”. 

No diré nada de una temática de la que, hasta el momento, no he tenido el placer de estudiar prácticamente nada, pero sí que, muy grosso modo, se trata de una producción rusa ambientada en los años 30, cuya historia gira alrededor de una triste canción que acompaña a un personaje que, a cada rato, va contrastando más y más con los otros protagonistas, de vidas más amables, pero construidas en base a una estampa idealizada. 

Me ha gustado y he disfrutado viendo un tipo de cine del que no estoy acostumbrado, ciertamente.

Camino

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La historia de la Cenicienta contada sin final feliz. Sólo con ratas, tinieblas y llantos.

“Ya no puedo más. Todo es inútil. Ya no puedo creer en nada ni en nadie. Nada me queda. Nada”.

Una película dura que muestra lo cruel que puede llegar a ser la vida, a menudo traicionera, y más cuando afecta a quienes, aferrándose a un único libro, optan por seguir uno de tantos aparentes senderos de salvación; lo cual —el leer sólo un libro— les convierte en los peores ignorantes. Mucho peores a quienes jamás leyeron nada.

Perfecta muestra de lo que es el Final: Cuando entonces no queda fe. Cuando el ángel que vigilaba por tu vida se transforma, resultando ser negro. O cuando tus peores pesadillas eran puro verismo de la vida real. Comprobarlo en el mismo instante en que una sombra se cierne sobre ti para tener la certeza de que después no quedará nada.

Me encanta el personaje que interpreta al padre: Filmando a Camino —nombre de la niña protagonista— en vídeo durante todos sus cumpleaños menos en uno, subiéndole el volumen de la música por verla bailar, o regalándole una cajita musical con la que “guardar los secretos” que él jamás contaría a nadie. Ganándose con ello no sólo toda su confianza, sino un honesto “no me extraña que mamá se enamorase de ti”…

En fin. Que no entiendo cómo habré tardado dos años hasta decidirme a verla.

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“Mi problema es que no soy nada cuando tú dejas de imaginarme…”

El último sueño de Martin Eden (Spoilers)

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Ya no podía dormir. Le dominaba el sueño pero, a la fuerza, debía mantenerse despierto soportando el blanco resplandor de la vida. Se sentía inquieto. El aire resultaba húmedo y pegajoso y la lluvia no refrescaba. Le dolía la vida. Paseaba por cubierta hasta que se sentía agotado y, entonces, se sentaba en su silla, hasta verse obligado a ponerse en pie.

Encendió la lámpara eléctrica e intentó leer. Uno de los volúmenes era de Swinburne.

Allí estaba el significado de todo.

Anduvo a la deriva y, ahora, Swinburne le mostraba la mejor salida. Deseaba descansar y el descanso le estaba esperando. Se sintió feliz por primera vez en varias semanas. Por fin hallaba el remedio. Tomó el libro y leyó la estrofa en voz alta, muy lentamente:

“Desde un excesivo amor a la vida, desde la esperanza, y el miedo, gracias damos a nuestros dioses particulares, de que ninguna vida sea eterna, de que no vuelvan los muertos, de que incluso los ríos caudalosos desemboquen en el mar.”

Swinburne le daba la llave.

La vida estaba enferma. Había enfermado hasta resultar intolerable. «De que no vuelvan los muertos» El verso le hizo sentir gratitud. Era el único beneficio existente en el Universo. Cuando la vida resultaba una doliente carga, la muerte proporcionaba el anhelado sueño.

Había llegado el momento de irse.

[…]

Fue a caer en un mar de espuma blanca. El costado del barco pasó ante él, cual un muro negro, roto en algunos lugares por portillas iluminadas. Iba muy de prisa. Casi antes de que Eden se diera cuenta, el buque se hallaba ya lejos.

Al ahogarse, sus brazos y piernas se agitaron involuntariamente devolviéndole a la superficie, bajo la luz de las estrellas. El ansia de vivir, se dijo, procurando, en vano, no admitir aire en sus pulmones. Debería intentarlo de otro modo.

Tragó oxígeno, hasta el límite. Esta reserva le arrastraría al fondo. Giró sobre sí mismo, sumergiéndose de cabeza, nadando con todas sus fuerzas. Siguió nadando hacia abajo, hasta que se le cansaron las piernas y los brazos, que apenas podía mover. Sabía que se hallaba a gran profundidad.

Sintió un profundo dolor y como si le estrangulasen. Con sus últimos restos de consciencia, se dijo que aquel dolor no era la muerte. La muerte no producía dolor. Aquella sensación de ahogo era la vida, la punzada de la vida, el último golpe que la vida le propinaba.

Las manos y los pies comenzaron a agitarse, débilmente, como en espasmos. Pero él los había vencido, igual que al ansia de vivir, que los obligaba a moverse. Se encontraba a demasiada profundidad.

Nunca alcanzaría la superficie.

Se sintió flotar lánguidamente en un mar de imágenes y de ensueños. Le rodeaban los colores y las radiaciones, envolviéndole e impregnándole.

¿Qué era aquello?

Semejaba un faro, pero brillaba en su mente; una luz resplandeciente y blanca. Refulgía con mayor viveza cada vez. Hubo un profundo estruendo y le pareció que caía por una interminable escalera. Y, allá en el fondo, se desplomó en las sombras.

Esto fue lo que supo. Había caído en la oscuridad. Y, en el instante de saberlo, dejó de saber.

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Sentir antes que Pensar

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Esa mañana se topó con algo que es posible que significase menos de lo que él pensaba. No lo supo en aquel momento. Aún si fuese así, le volvió a recordar a esa mujer.

Una alberca con agua requería de cierta manutención: estaba repleta de hormigas. Hormigas con alas, que aún luchaban por sobrevivir de lo que la madrugada pasada fue una gran tempestad para un animal tan pequeño.

Había muchas, pero sólo captó su atención una de ellas.

Una que, siendo de las más pequeñas, se había quedado completamente aislada en un pequeño recipiente de cerámica. Luchaba por no ahogarse. Tenía las alas mojadas; probablemente rotas. Pero ella quería volver a volar.

No creyó, el fotógrafo, que sus ansias por volver a extender las alas fuese debida al deseo de querer ir a un lugar determinado y concreto. Viendo su perseverancia, no pensaba que la hormiga se preguntara si, probablemente, ya no le servirían. De hecho, estaba convencido de que aquel animal sólo se movía por instinto.

Quería salvarse porque así debía ser. Tratar de salir volando por la sencilla razón de que ella sí puede hacerlo. 

No pensó a donde ir, pero ese sentimiento la salvó. Le valió con ello para ser una pequeña hormiga que, aún siendo individual y más pequeña que la mayoría, se convirtiera en un ser completo por sí mismo.

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una

dos

tres

cuatro

cinco

seis

siete

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Al fotógrafo le hubiese gustado tirar un último fotograma: La pequeña hormiga desplegando sus alas, a punto de salir a volar.

Pero no tuvo tanta paciencia…

Ésa, la paciencia, la dedicaría a esperar a que el día menos pensado la mujer le contara qué se siente.