El fin de la Princesa Tenebrosa

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Bella durmiente moderna y criatura de las tinieblas con piel de alabastro, en un todo. La Princesa Tenebrosa dilapidó su tiempo por una causa, se saltó todos los semáforos de las calles del recuerdo y, profundamente decepcionada, se echó a dormir, marchitándose lentamente. A la espera de un milagro.

Enclaustrada bajo pináculos puntiagudos, en la segunda torre más alta de Fantasía, dentro del país más mórbido del mundo del imaginario. La soberana de la ciudad de los espectros —tierra de miserables, de torres arqueadas y de ambiente desabrido— ya podía distinguir la Nada, a lo lejos.

La Nada. Esa desidia que destruye la lucidez, los deseos y la imaginación, transformándolos en mentiras. Aquello que, al mirar, genera la sensación de quedarte ciego no siendo capaz de ver, ni de desear, ni de querer otra cosa salvo dejarte llevar. Dejar pasar el tiempo, lentamente, hasta que llega, acabando con todo.

Pero no siempre fue así. En otro tiempo bregaba con todas sus fuerzas buscando la redención. No entendía por qué, ni cómo, había llegado a la situación en que estaba, y jamás se daría por vencida. Menos aún portando el recuerdo de aquello por lo que hubo apostado TODO.

Aquello… Lo que antes le ayudaba a despertar cada mañana. Lo que habría valido de argumento para soportar tanto miedo y soledad. Su única aspiración y consuelo, aún.

Un escalofrío recorría su espalda al sentir que ya le pisaba los talones, asediando toda esperanza que pudiese atesorar. Fue el instante en que la Princesa, cansada de ser Princesa, asumió su destino entregando una vida consumida en la ilusiónMinada en lúgubres mentiras que, negro sobre blanco, la Nada transcribió en literatura…

Algo que aún buscaría redimirse, entre las páginas de un blog y los ecos de una canción.

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A Melpómene

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—> ¿Quién o qué te inspira a escribir?  <—

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 Alimento mi inspiración a través de estados de ánimo que proyecto por medio de una duermevela que, con música de fondo, relanza términos que alguna vez escuché y me admiraron respecto a lo mucho que se podría conseguir con las palabras.

Me inspira la necesidad de contar algo y hacerlo de la forma más breve e intensa posible. El deseo de plasmar instantes que revivo con la ilusión de tratar, si quiera, de rozar con los dedos la oratoria más conmovedora.

Me inspira la armonía que destila el lenguaje escrito. Encontrar en alguien un dulce sumidero a mis pensamientos, queriendo sentirme sabedor que no habría labios, ni voz, para pronunciar lo mucho que quisiera decir.

Me inspira el enfrentamiento contra la falta de comunicación; antesala de tantas trifulcas. Aspirar a tratar de exteriorizar una idea desde lo más profundo de la conciencia, y el anhelo utópico por expresarla de la mejor forma que pueda.

Me inspira intentar escribir algo que, aún reflejando lo poco que sé de casi nada, trate de reivindicar la avidez de conocimiento. La lucha contra el tiempo por más que haya circulado demasiada agua bajo el puente.

Me inspira bajarme del mundo en marcha y poner, con vocablos, en orden mi cabeza ante los desafíos del momento. Me encandila plasmar un plan con el que recordar románticos escritos durante un sueño. Despertarme con ello.

Me inspira que algo que era sagrado me traiga un mal recuerdo. La maldición de la musa de la tragedia: Que para quien creía tenerlo todo, sienta esa inmensa sensación de vacío. La sintomatología de combatir por una causa perdida.

Me inspira sentir que puedo hacerlo mejor. Todo aquello que me obliga, con vergüenza, a bajar la mirada. El error que, por puro romanticismo, habría seguido intentando hasta el fin de la eternidad. Los deseos desperdiciados que te hacen olvidar quién eres y que, en realidad, no te cambiarías por nadie en el mundo.

Me inspira quedarme sin habla. El mayor sentido que alcanza La Nada, de La Historia Interminable, cuando muere la imaginación… Revertir la situación volcando en letras lo que hace ciegos a los hombres: Sueños y anhelos que caen en el olvido perdiendo la estela mágica de aspirar a ser Realidad.

Me atrae precipitarme en esa Nada para luego resistirme. Un mensaje de socorro en una botella que alguien decida leer. Una razón para centrarme en las virtudes, en no perder el tiempo con negatividad. Calmar las ráfagas de odio y, así, abonarme al abandono entre letras, palabras y escritos que suenen genial pero que, en el fondo, nunca logren decir Nada.

 

El Pozo Minroud

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“Encogido como un niño no nacido en el vientre de su madre, Bastián yacía en las oscuras profundidades de los cimientos de Fantasia, buscando pacientemente un sueño olvidado, una imagen que pudiera conducirlo hasta el Agua de la Vida.
Como no podía ver en aquella noche eterna de las entrañas de la tierra, no podía elegir nada ni tomar decisión alguna. Tenía que confiar en que la casualidad o un destino misericorde le permitieran hacer alguna vez el descubrimiento necesario. Tarde tras tarde llevaba arriba, a la luz del día que se extinguía, lo que había podido desprender en las profundidades del Pozo Minroud. Y tarde tras tarde su trabajo se revelaba inútil. Sin embargo, Bastián no se lamentaba ni se rebelaba. Había perdido toda compasión de sí mismo. Se había vuelto paciente y silencioso. Aunque sus fuerzas eran inagotables, a menudo se sentía muy cansado.
No se puede decir cuánto tiempo duró aquel áspero trabajo, porque esa clase de trabajos no pueden medirse en días o meses. En cualquier caso, sucedió una tarde que trajo una imagen que, sobre el terreno mismo, lo excitó tanto que tuvo que contenerse para no lanzar un grito de sorpresa que pudiera destruirla.
En la delicada piedra especular -no era muy grande; tenía aproximadamente el tamaño de una página corriente de libro- se veía clara y distintamente un hombre que llevaba una bata blanca. En una mano sostenía una dentadura de escayola. Estaba de pie, y su actitud y la expresión tranquila y preocupada de su rostro conmovieron a Bastián. Pero lo que le impresionó más fue que el hombre estaba congelado en un bloque claro como el cristal. Lo rodeaba por completo una capa de hielo impenetrable, aunque totalmente transparente.
Mientras Bastián contemplaba la imagen que tenía ante sí en la nieve, se despertó en él una añoranza de aquel hombre al que no conocía. Era un sentimiento que venía de muy lejos, como un oleaje tormentoso en el mar que, al principio, no se nota, hasta que se acerca más y más y se convierte por fin en olas poderosas altas como edificios, que lo arrastran y anegan todo. Bastián se ahogó casi en ese sentimiento y tuvo que luchar para respirar. Le dolía el corazón, que le resultaba insuficiente para una añoranza tan grande. Con aquella oleada se hundieron todos los recuerdos que aún tenía de sí mismo. Y olvidó por último lo que le quedaba: su propio nombre.”