El último sueño de Martin Eden (Spoilers)

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Ya no podía dormir. Le dominaba el sueño pero, a la fuerza, debía mantenerse despierto soportando el blanco resplandor de la vida. Se sentía inquieto. El aire resultaba húmedo y pegajoso y la lluvia no refrescaba. Le dolía la vida. Paseaba por cubierta hasta que se sentía agotado y, entonces, se sentaba en su silla, hasta verse obligado a ponerse en pie.

Encendió la lámpara eléctrica e intentó leer. Uno de los volúmenes era de Swinburne.

Allí estaba el significado de todo.

Anduvo a la deriva y, ahora, Swinburne le mostraba la mejor salida. Deseaba descansar y el descanso le estaba esperando. Se sintió feliz por primera vez en varias semanas. Por fin hallaba el remedio. Tomó el libro y leyó la estrofa en voz alta, muy lentamente:

“Desde un excesivo amor a la vida, desde la esperanza, y el miedo, gracias damos a nuestros dioses particulares, de que ninguna vida sea eterna, de que no vuelvan los muertos, de que incluso los ríos caudalosos desemboquen en el mar.”

Swinburne le daba la llave.

La vida estaba enferma. Había enfermado hasta resultar intolerable. «De que no vuelvan los muertos» El verso le hizo sentir gratitud. Era el único beneficio existente en el Universo. Cuando la vida resultaba una doliente carga, la muerte proporcionaba el anhelado sueño.

Había llegado el momento de irse.

[…]

Fue a caer en un mar de espuma blanca. El costado del barco pasó ante él, cual un muro negro, roto en algunos lugares por portillas iluminadas. Iba muy de prisa. Casi antes de que Eden se diera cuenta, el buque se hallaba ya lejos.

Al ahogarse, sus brazos y piernas se agitaron involuntariamente devolviéndole a la superficie, bajo la luz de las estrellas. El ansia de vivir, se dijo, procurando, en vano, no admitir aire en sus pulmones. Debería intentarlo de otro modo.

Tragó oxígeno, hasta el límite. Esta reserva le arrastraría al fondo. Giró sobre sí mismo, sumergiéndose de cabeza, nadando con todas sus fuerzas. Siguió nadando hacia abajo, hasta que se le cansaron las piernas y los brazos, que apenas podía mover. Sabía que se hallaba a gran profundidad.

Sintió un profundo dolor y como si le estrangulasen. Con sus últimos restos de consciencia, se dijo que aquel dolor no era la muerte. La muerte no producía dolor. Aquella sensación de ahogo era la vida, la punzada de la vida, el último golpe que la vida le propinaba.

Las manos y los pies comenzaron a agitarse, débilmente, como en espasmos. Pero él los había vencido, igual que al ansia de vivir, que los obligaba a moverse. Se encontraba a demasiada profundidad.

Nunca alcanzaría la superficie.

Se sintió flotar lánguidamente en un mar de imágenes y de ensueños. Le rodeaban los colores y las radiaciones, envolviéndole e impregnándole.

¿Qué era aquello?

Semejaba un faro, pero brillaba en su mente; una luz resplandeciente y blanca. Refulgía con mayor viveza cada vez. Hubo un profundo estruendo y le pareció que caía por una interminable escalera. Y, allá en el fondo, se desplomó en las sombras.

Esto fue lo que supo. Había caído en la oscuridad. Y, en el instante de saberlo, dejó de saber.

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