Veintisiete

Salut Gilles

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18 de enero de 1950 – 8 de mayo de 1982

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Iñaki Ochoa, el rescate

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Uno de los documentales que más me han impactado en toda mi vida:

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¿Es justo que toda la sociedad pague la locura o la temeridad  de los alpinistas?

No entro a conjeturar si es justo o no. Pero creo que así debe ser. Hay que ayudar al que lo necesita esté en donde esté. Se ayuda al enfermo, al suicida, al menor, al anciano, al drogadicto…

Así es la sociedad de nuestros días. Hay que salvar al prójimo, aunque se tratase de un imprudente alpinista. Es más barato y es mucho mejor que tener una sociedad de pusilánimes, de seres débiles y timoratos que tiemblan ante la vida y los peligros. Esta sociedad sería mucho más cara y mucho más triste de mantener. Los rescatadores deberán dar gracias por poder ejercer esa profesión de tanto esfuerzo y de tanta dignidad.

Yo así consideré siempre mis ocupaciones como rescatador en montaña, que tantos peligros y esfuerzos me han deparado a lo largo del siglo XX.

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César Pérez de Tudela, respondiendo a una entrevista de Jesús Quintero.

Un poco más cerca del cielo

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Siento admiración ante la fe, la determinación y la  inmensa fuerza, frente a los desafíos del momento, en un hombre capaz de descender de la montaña herido del corazón pero tan lleno de vida que, aún habiéndose dado por muerto, abre los ojos para contemplar un renovado amanecer; esta vez, bajo un resplandor especial.

Desearía lo mismo para mí. Daría todo lo que soy; mi pleno compromiso hasta el grado de quedarme exhausto por encontrar ese punto de inflexión.

Algo que no sea temporal sino como un tatuaje. Inherente. Imborrable… Que esté cargado de instantes que posean el vigor de la oratoria más conmovedora. La más motivadora.

¿Estaría a tiempo para hallarlo?

A tiempo de no cortejar a las tinieblas. De no flaquear, recobrando una esperanza inquebrantable; a prueba de cualquier duda que, por pequeña que sea, logre tambalear mis convicciones condenándome a la mediocridad por percibir que todo fue en vano.

A tiempo de esquivar la desidia. De escapar de La Nada escogiendo un camino de sufrimiento en su lugar. Caminarlo por el anhelo de creer que es posible volver a ser una centella del mundo; que arde, como Juana de Arco, pero que brilla.

Me conformo con una única cosa aparentemente imposible. Un punto de partida.

Y apreciar de nuevo la belleza, por traerla dentro. Portar la pureza de una gota del sudor de Nacho Vegas.

Si he de morir, quiero hacerlo mucho más cerca aún. Más cerca que nunca. Necesito la cima…

Sólo eso bastará para salvarme.

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Gracias a César Pérez de Tudela, por la fotografía, su amabilidad y su ejemplo.

La soledad del corredor de fondo

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Pudiera sonar contradictorio. Pero a veces, en determinadas ocasiones, no me quedan fuerzas para hacer nada más, a no ser que se trate de salir a correr. Diez kilómetros, al menos. Y un poco más, hasta la siguiente farola, por si resulta que el circuito está mal medido.

La soledad del corredor de fondo es la del que escogería todos los lugares y ninguno si le diesen a elegir un paraje ideal para la reflexión.

Nadie interrumpe al corredor de fondo. Él observa de soslayo el mundo que encuentra mientras se sumerge en pensamientos que se suceden sin parar.

Pensamientos absurdos, a veces. Momentos de sufrimiento que se deslizan a través de una avalancha de retroalimentación negativa. Pero entonces crees en ti y resistes hasta que llega un pensamiento amable. Algo que te salva y te recuerda lo grande que es. Lo pequeños que somos. Lo poco que necesitamos.

Y pasan los kilómetros y, a veces, crees que nada te podría detener. Que podrías estar corriendo y resistiendo sin problemas. Que ni el muro que acabó matando a Philippides, de aquel duro kilómetro 30, podría tumbarte.

El mundo se mueve más lento. Las pulsaciones se estabilizan. Sientes la importancia del aire que respiras. La importancia de dejarlo escapar. El anhelo de querer recuperarlo.

Y en mitad de la soledad, algo te devuelve al mundo real. Algo en forma de una terrible punzada en la rodilla.

A lo mejor tienes suerte; estabas en una maratón y una voz te pide que no pares ahora. Alguien que, al comprobar tu desazón por aquello que te ha hecho despertar, te anima diciéndote que ya verás que te pondrás bien y te recuperarás. Alguien de quien en seguida olvidas su cara, pero jamás esa nana de optimismo y fuerza con la que vuelves a caer en un sueño progresivo. En un regreso a la soledad en la que sueñas despierto que hablas con el niño que lo preparó todo, con tanta ilusión y cuidado, la noche anterior:

La rodilla está fría; ya se calentará.

Así que vamos, chaval, tú tranquilo… Poco a poco y todo irá bien.

¿Ves que no era para tanto?

La soledad del corredor de fondo es la del hombre terriblemente simple y mediocre en comparación a toda la complejidad y todas las cosas que sería capaz de lograr. Aquella soledad de quien está convencido de que si mira dentro, en su interior, quizá no encuentra mucho más.

¡Corre!

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Al running lo he descubierto hará unos 4 años. Si no recuerdo mal, en verano del 2007. 

No tardé mucho en convertirme en un drogadicto. Me costó, eso sí, algunos disgustos. Era primerizo con mi nueva droga y no conocía los pormenores: el daño que podía llegar a hacer a mi cuerpo. Al principio no me gustó. Me cansaba. Me fui a correr a la orilla, pensando que esto fortalecería mis piernas y, a la larga, me prepararía para correr en asfalto. Al principio fue bien,pero la condición inestable de la orilla, las piedras, un mal calentamiento, un nulo estiramiento y la falta de criterio en general me pasó factura: me lastimó una rodilla. Desoía los dolores. Un mal calzado y unas cuantas sesiones en pleno asfalto me la terminaron de fastidiar. Un eventual sobre-entrenamiento hizo el resto. Aún hoy siento alguna molestia por esa rodilla.

En definitiva, los comienzos no fueron del todo satisfactorios. No obstante, cuando aprendí a correr por un largo tiempo dejando atrás las primerizas molestias, me enamoré perdidamente de las carreras. Significaba un momento de salir, de desconectar, de encontrarme conmigo mismo, de llegar a los límites de mi cuerpo, de ver como éste iba creciendo progresivamente, de llegar a casa y disfrutar de una ducha. De dormir en una cama como si fuese un niño. Cuando llegó el día en que pensaba que podría correr durante toda la eternidad, teniendo la certeza de que el mundo estaba quieto, todo cambió. Correr te convierte en el protagonista de la Tierra. Te hace ver las cosas de otra manera, te culturiza a sufrir por conseguir algo. Y todo ello mientras estás contigo mismo siendo cómplice de tu mente y tu corazón.

Correr me ha ayudado a aprender cosas sobre mí y me ha hecho vivir momentos que no cambiaría.

Adoro correr porque, a pesar de todo, tengo la certeza de saber que esta carrera, en particular, no ha hecho más que empezar.